En camisetas feministas, en imanes para el refrigerador, en bolsos de tela, en cases para iPhone; tú nómbralo y puedes encontrar el rostro de Frida Kahlo impreso en él. Ella pertenece a aquella selecta élite de personajes que nunca pierden vigencia y siempre hayan su manera de estar "de moda". Hay algo sobre Frida, un fenómeno muy singular que no se da con ningún otro pintor. Al pensar en cuadros famosos se nos puede venir a la mente La Gioconda de Da Vinci, La noche estrellada de Van Gogh o El grito de Munch, pero los cuadros de la mexicana no ocupan nuestro primer pensamiento —o quizá sí, ¿pero no será a modo de fan art? Ya saben, como los de las camisetas o imanes—. Sin embargo, ¿alguien puede decir cómo luce Munch?
El estilo de Frida es hasta hoy su sello distintivo. Una ceja y flores prendadas a las trenzas de su cabello. Su discurso y los «Pies, para qué los quiero si tengo alas pa' volar» tatuados en miles de millones de espaldas, tobillos y muñecas. Para el mundo, Frida no son sus cuadros, Frida es una pieza de arte viviente. Esto no resta por ninguna parte el valor de sus pinturas, su talento como artista o la intensidad de su vida, pero nos hace reconocer que, amada y detestada casi a partes iguales, no hay ninguna figura como ella. Ningún otro pintor ha perdurado a su propio arte.
Personalmente, no la posiciono entre mis pintores favoritos, no despierta admiración en mí y sí creo que su imagen ha sobredimensionado de cierta manera su obra, sin embargo eso no me priva de ver el valor que tiene su figura. Su historia es la de una sobreviviente. A todo el imaginario visual de Frida se suma su historia, la de una vida marcada por la desgracia, enfermedad y pasión. María Hesse y Benjamin Lacombe junto a Sébastien Perez, cada uno por su lado, nos develan a sus Fridas.
El estilo de Frida es hasta hoy su sello distintivo. Una ceja y flores prendadas a las trenzas de su cabello. Su discurso y los «Pies, para qué los quiero si tengo alas pa' volar» tatuados en miles de millones de espaldas, tobillos y muñecas. Para el mundo, Frida no son sus cuadros, Frida es una pieza de arte viviente. Esto no resta por ninguna parte el valor de sus pinturas, su talento como artista o la intensidad de su vida, pero nos hace reconocer que, amada y detestada casi a partes iguales, no hay ninguna figura como ella. Ningún otro pintor ha perdurado a su propio arte.
Personalmente, no la posiciono entre mis pintores favoritos, no despierta admiración en mí y sí creo que su imagen ha sobredimensionado de cierta manera su obra, sin embargo eso no me priva de ver el valor que tiene su figura. Su historia es la de una sobreviviente. A todo el imaginario visual de Frida se suma su historia, la de una vida marcada por la desgracia, enfermedad y pasión. María Hesse y Benjamin Lacombe junto a Sébastien Perez, cada uno por su lado, nos develan a sus Fridas.





















